1. Yihadismo en Europa

La amenaza del terrorismo yihadista –es decir, del terrorismo cuya práctica se justifica desde una visión fundamentalista y belicosa del credo islámico que se conoce como salafismo yihadista– existe en Europa Occidental desde el inicio de la década de los noventa del pasado siglo.

En la actualidad, las fuentes genéricas de dicha amenaza son dos: por una parte, el denominado Estado Islámico. Por otra, al-Qaeda y sus ramas o entidades afines. Hasta 2013 fue una amenaza directa o indirectamente relacionada con al-Qaeda, organización formada en 1988 y que durante unos 28 años se mantuvo como la única matriz del yihadismo global. Pero desde 2014, la amenaza de terrorismo yihadista en Europa Occidental procede asimismo de EI, constituido a partir de lo que con anterioridad fue la rama iraquí de al-Qaeda, si bien ahora se presenta como matriz alternativa y rival de la misma por la hegemonía del yihadismo global.

El primer atentado con víctimas mortales en Europa Occidental asociado a la  urdimbre del yihadismo global ocurrió el 25 de julio de 1995 en París, cuando miembros del Grupo Islámico Armado (GIA), de origen argelino y entonces estrechamente vinculado con al- Qaeda, mataron a ocho personas e hirieron a más de cien en un céntrico ramal de la Réseau Express Regional (RER).

Trenes de Cercanías fueron asimismo blanco de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, preparados y ejecutados por integrantes de una red terrorista que tuvo tres componentes básicos –uno de ellos introducido por el desaparecido Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) – y estuvo vinculada con mando de operaciones externas de al- Qaeda. Causaron 191 muertos y más de 1.800 heridos. La implicación de al-Qaeda quedó asimismo de manifiesto en los atentados que, el 7 de julio de 2005, produjeron en Londres 56 muertos y más de 500 heridos.

Al poco de configurarse como tal en el verano de 2014, los dirigentes del denominado Estado Islámico decidieron articular dentro de Europa Occidental –principalmente, aunque no sólo, en Bélgica y Francia– al menos una red operativa para desarrollar atentados en esos y otros países. Atentados mediante los cuales producir un miedo que incida sobre las conductas de los ciudadanos europeos y condicione las decisiones de sus gobernantes, ahondando la fractura entre musulmanes y resto de la población, en beneficio de EI y sus objetivos. Terroristas pertenecientes a una red operativa de EI, de la que existía constancia desde enero de 2015, llevaron a cabo en París, el 13 de noviembre de este mismo año, una serie de atentados cuyo balance fue de 130 muertos y no menos de 350 heridos. Otros yihadistas pertenecientes al mismo entramado perpetraron el 22 de marzo de 2016 los atentados de Bruselas, con al menos 32 fallecidos y más de 300 heridos. Cuarta Los focos de la amenaza del terrorismo yihadista para Europa Occidental –es decir las zonas de conflicto donde se encuentran asentadas las organizaciones que han venido practicando esa violencia en suelo europeo y tienen voluntad de seguir haciéndolo– se encuentran fuera del territorio europeo, sobre todo en el Sur de Asia, Oriente Medio y Norte de África. En el caso de la amenaza relacionada con al-Qaeda o las extensiones territoriales de su estructura global descentralizada y las diversas entidades afiliadas con la misma, sus principales bases están localizadas en Afganistán, Pakistán, Siria, Yemen, Argelia y Mali. Incluso Somalia podría añadirse a este listado. En el caso de la amenaza relacionada con Estado Islámico, los focos fundamentales de amenaza, en lo que atañe a Europa Occidental, se sitúan principalmente en los dominios con que cuenta en Siria e Irak, pero existe potencial para que a estos dos países haya que sumar Libia. Quinta Pero la amenaza del terrorismo yihadista en Europa Occidental tiene actualmente, junto a esa dimensión externa de sus focos, una inusitada dimensión interna. A partir de 2012, la insurgencia terrorista desarrollada en Siria e Irak por las organizaciones ahora conocidas como Frente al-Nusra –es decir, la rama siria de al-Qaeda– y Estado Islámico ha producido una movilización yihadista de alcance mundial y sin precedentes conocidos desde que existe el fenómeno del yihadismo global, en la que destaca un notable contingente europeo. Procedentes de Europa Occidental son, de hecho, entre una cuarta y una quinta parte del total de los aproximadamente 25.000 individuos que se habrían desplazado como combatientes terroristas extranjeros a Siria e Irak en los últimos cuatro años, principalmente pero no sólo para unirse a las filas de EI o instalarse en los amplios territorios donde ésta organización yihadista ha conseguido imponer su dominio efectivo y sobre los cuales ha proclamado un pretendido nuevo Califato.

Esa movilización yihadista –es decir, el conjunto de los extendidos procesos de radicalización y reclutamiento inherentes a la misma– no está impactando por igual a todos los países de Europa Occidental, ni a todos los segmentos de la población musulmana que habita a lo largo y ancho de la región. Se trata de una movilización yihadista que afecta de un modo muy especial a adolescentes o jóvenes vulnerables, de ascendencia cultural o familiar islámica, que son descendientes de inmigrantes procedentes de países con sociedades mayoritariamente musulmanas. De aquí que los países europeos en los que dicha movilización es más acusada sean precisamente aquellos donde esas segundas generaciones prevalecen entre sus respectivas poblaciones musulmanas.

Así pues, la propaganda yihadista a través de Internet y las llamadas redes sociales explica sólo en parte los niveles y demarcaciones de esta movilización yihadista. Radicalización y reclutamiento suelen ser procesos que implican interacción cara a cara en contextos de influencia salafista.

Sean cuales sean los focos y fuentes de la amenaza que el terrorismo yihadista supone para Europa Occidental –aun considerando que la intensidad de la procedente de Estado Islámico se estima comparativamente más elevada en la actualidad que la relacionada directa o indirectamente con al-Qaeda–, el rango de sus posibles expresiones es amplio.

Este rango oscila entre, por una parte, los atentados planificados de manera centralizada desde el exterior, preparados por responsables de células operativas locales con atención a las circunstancias específicas del lugar en que van a ser llevados a cabo y ejecutados con una letalidad elevada, y, por otra parte, los cometidos por individuos que se desenvuelven aislados y están únicamente inspirados por la propaganda que difunden las organizaciones yihadistas. Entre uno y otro polo caben distintas manifestaciones intermedias. Por otra parte, no deben descartarse atentados no convencionales en los que se utilicen, por ejemplo, elementos radioactivos o sustancias químicas.

Combatir con eficacia el terrorismo yihadista en Europa Occidental requiere –aunque la protección absoluta frente al mismo sea imposible– que cada Estado de la región, de acuerdo con los principios y procedimientos de la democracia liberal comunes a todos ellos, disponga de agencias de seguridad con secciones específicamente adaptadas para la lucha contra esa amenaza, de un adecuado tratamiento jurídico de los delitos inherentes a  la misma y de unidades de inteligencia especializadas en desbaratar su financiación, entre otras medidas. Es preciso que cuenten también con programas a través de los cuales proporcionar una debida atención a las víctimas del terrorismo y planes a distintos niveles de gobierno mediante los cuales construir resiliencia social y hacer frente a la radicalización violenta.

Sin embargo, la percepción de la amenaza yihadista que tienen las élites políticas y las opiniones públicas varía de unos países europeos a otros, lo que se traduce en marcadas diferencias entre sus correspondientes sistemas antiterroristas nacionales.

Pese a esas disparidades en sus respectivos sistemas antiterroristas nacionales, los 28 Estados de la Unión Europea y los cuatro más asociados a Schengen cuentan con un marco comunitario de cooperación sin parangón en el mundo. Este marco ha permitido aproximar legislaciones penales, instrumentos policiales y otro tipo de iniciativas como las elaboradas

para prevenir procesos de radicalización yihadista –es decir, ha permitido europeizar en buena medida las políticas antiterroristas en Europa Occidental–, a partir de una definición común de terrorismo que fue adoptada en 2002 y de una estrategia de lucha contra dicho fenómeno que data de 2005.

Sin embargo, los países europeos, debido a su consideración de intereses nacionales y a la desconfianza, han preferido hasta ahora privilegiar el clásico intercambio bilateral de información antiterrorista, en detrimento de los mecanismos multilaterales propios –como Europol o el SIS– y de otras instancias internacionales (por ejemplo, Interpol) existentes para compartir a tiempo esa información.

Reducir los niveles de la amenaza terrorista y contener o hacer que remitan los procesos de movilización yihadista indisolubles de la misma, dentro del espacio de Europa Occidental o –ampliando el escenario hacia el Este– de la Unión Europea, requiere también actuar en y con terceros países. Requiere debilitar las organizaciones que son fuente de dicha amenaza en los focos donde están asentadas, para degradar sus capacidades operativas y erosionar sus estrategias de movilización de recursos. Ello implica el uso de medios militares pero como parte de una estrategia colectiva multifacética y sostenida.

Por ejemplo, es preciso que los países de la Unión Europea contribuyan a evitar, en acción colectiva con los del Magreb y de África Occidental, que se fortalezcan la rama de al- Qaeda que opera en ese escenario y sus afiliados. Más perentorio aún es debilitar, degradar y derrotar, en el marco de una coalición internacional más decidida, a Estado Islámico en Siria e Irak.

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